
"Alaben a Dios, porque él es bueno; porque para siempre es su gran amor." — Salmo 136:1
En la vida, estamos acostumbrados a que las cosas tengan una fecha de caducidad. Los contratos se terminan, las modas pasan, las estaciones cambian e incluso las relaciones humanas, a veces, llegan a su fin. Hemos sido condicionados a creer que todo lo bueno eventualmente se acaba. Pero el Salmo 136 rompe por completo con esta lógica humana al presentarnos el atributo más asombroso de Dios: Su amor no tiene fin.
El Ritmo de la Gracia
Si lees el Salmo 136 completo, notarás algo único: cada uno de sus 26 versículos termina con exactamente la misma frase: "Porque para siempre es su gran amor" (o "su misericordia", dependiendo de la traducción).
Esta repetición constante no es un accidente ni una falta de vocabulario del salmista. Era un canto diseñado para grabarse en el corazón del pueblo. Recordaba que desde la creación del universo, hasta la liberación de la esclavitud, pasando por los momentos más oscuros y los milagros más brillantes, el hilo conductor siempre fue el amor incondicional de Dios.
Un Amor que No Puedes Agotar
A menudo sentimos que hemos agotado la paciencia de Dios. Cometemos errores, tropezamos con la misma piedra, o nos alejamos sintiendo que ya no merecemos acercarnos a Él. Pensamos: "Esta vez sí llegué al límite de su amor".
Sin embargo, el amor de Dios no se basa en nuestro desempeño, se basa en Su naturaleza. Él es amor. Es un océano infinito que no puedes vaciar, sin importar cuán sediento estés o cuántas veces vuelvas a beber.
Hoy, no importa la temporada en la que te encuentres, ni los errores del pasado, ni las dudas del futuro. Puedes aferrarte a esta promesa inamovible: El amor de Dios por ti es para siempre. Nunca se acaba, nunca se rinde, y nunca te abandonará.